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ENTREVISTA. Ramón Sánchez Reyna: El historiador de la Sierra Costa que defiende el Patrimonio de Michoacán

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Fuente: La Página Noticias / Destacadas / Redacción

Por VÍCTOR ARMANDO LÓPEZ

El sonido del río en creciente, el eco de las avionetas aterrizando en improvisadas canchas de fútbol y el rumor de las máquinas de imprenta armando libros, son los paisajes sonoros que Ramón Sánchez Reyna lleva en la memoria.

El historiador investigador y profesor de la Universidad Michoacana, despliega una energía que combina la pasión del arqueólogo con la paciencia del maestro, la erudición del investigador con la sencillez del hombre de pueblo. Su historia es la de un niño en la sierra costa de Michoacán, que creció entre el lomo de mula y las avionetas que observaba como medio de transporte.

En entrevista en el programa “Conexión” del portal www.lapaginanoticias.com.mx confiesa que descubrió la historia en las revistas Time que llegaban por correo hasta ese rincón michoacano. Destaca que fue marcado por maestros como José Corona Núñez y Manuel González Galván, y que ha dedicado su vida a la investigación, la docencia y la defensa del patrimonio artístico e histórico de Michoacán.

Su trayectoria, marcada por el trabajo constante, la pasión por los libros y la convicción de que la historia debe llegar al pueblo, es un testimonio de que el conocimiento no tiene fronteras.

Ramón Sánchez Reyna es michoacano, pero su origen se sitúa en una región poco conocida y atendida: Los límites de Michoacán con Jalisco y Colima, en la sierra costa. Nació en Tehuantepec (localidad rural del municipio de Chinicuila), que tiene un antecedente prehispánico muy interesante, pues en el lugar se encuentra un pico, un sitio de origen prehispánico que habla de la profunda historia de la región.

Es el número once de doce hermanos, aunque uno de ellos murió siendo niño, por lo que creció como parte de una familia numerosa. Su familia se dividió entre Michoacán, Puebla y Estados Unidos, reflejando el fenómeno migratorio que ha marcado a generaciones de michoacanos. Su padre era poblano, originario de Atlixco, un pueblo hermosísimo al pie del Popocatépetl, donde aún vive parte de la familia Sánchez. Su madre era de Tehuantepec. Sus papás se conocieron en la Ciudad de México, a donde habían migrado en busca de mejores oportunidades.

“Mis padres radicaron en Tehuantepec porque mi madre recibió una porción pequeña de tierra y ganado que le dejó su padre”, cuenta Ramón con la mirada perdida en el recuerdo. Allí se establecieron, y quien llegase a ser historiador creció en un entorno donde la tierra y los animales eran el sustento cotidiano, donde el trabajo comenzaba desde muy temprano y donde la naturaleza proveía lo necesario para vivir.

Su padre, además de atender el ganado y las tierras que su madre había recibido, se dedicó a la compraventa de cerdos. “Mi padre llevaba la tradición de cultivar garbanzo para la engorda de los puercos”, recuerda Ramón con cariño. La familia también criaba reses, caballos, mulas de carga, chivos, gallinas, y siempre había una alimentación tremenda y muy sana, basada en lo que la tierra y el trabajo daban. “Yo mentiría si te digo que realicé  trabajo de campo, porque había la intención de los papás de que por lo menos los más chicos estudiaran, no fue así. Solamente mi hermana que está aquí en Morelia y yo pudimos estudiar”, confiesa con honestidad.

Sus otros hermanos, en su mayoría, tomaron el camino de la migración hacia Estados Unidos, principalmente a California, donde ya había familiares que los jalaban.

La comunicación con el exterior era difícil en aquellos años. El principal medio de transporte era el camión de una familia Trujillo, de Villa Victoria, adaptado con una parte superior plana donde iba la carga y abajo los pasajeros. “Recuerdo una vez viniendo de Colima, salió el camión a las cuatro o cinco de la mañana para llegar oscureciendo a Villa Victoria. Nos tuvimos que quedar del lado de Jalisco porque la creciente del río no nos dejaba pasar”, evoca Ramón con la nitidez de quien ha vivido esa experiencia muchas veces. “Había que dormir y esperar a que bajara dicha creciente”.

Otra opción era la avioneta: Un servicio de vuelos que llegaban a Lázaro Cárdenas, a Caleta de Campos o a Coahuayana, aterrizando en pistas improvisadas que no eran otra cosa que los campos de fútbol de la comunidad. “Viajábamos como en una especie de taxis”, bromea. “La avioneta era para cinco pasajeros incluyendo al piloto, y había que estar listos para cuando pudiera ir”. No fue sino hasta los años setenta y ochenta que se construyó la carretera costera y un puente que acortó el viaje a una hora y media, transformando radicalmente la vida de la región.

Ramón cursó la primaria en Tehuantepec, donde estuvo hasta quinto año, y luego se fue a Coahuayana a cursar sexto año en una escuela de gobierno. Allí cursó el siguiente nivel en la Secundaria Federal Constitución de 1917, una de las más antiguas de la región, y que ha sido semillero de generaciones de jóvenes que han salido a estudiar a otros lugares. “Tuve la fortuna de estar en la escuela del gobierno federal, que es la única hasta la fecha, y de tener extraordinarios compañeros y profesores”, recuerda con gratitud.

Cada uno de los profesores tenía experiencia: Desde el de carpintería, que impartía los talleres, hasta el de educación física, que era el mismo que impartía educación artística. “Recuerdo mucho a mi director, que fue mi profesor en tercer año de ciencias naturales, que venía de estudiar biología en la UNAM, un magnífico maestro”, cuenta Ramón. También evoca al maestro Gabriel Torres, que hoy vive en Morelia y a quien le tiene un gran aprecio.

En la secundaria, un maestro marcaría el destino de Sánchez Reyna de manera indeleble: El profesor Adalberto Cuevas Valencia, subdirector de la escuela y profesor de ciencias sociales en primero y segundo año. “Yo ya traía la inquietud de una historia gráfica”, dice Ramón.

Desde niño, llegaba a su casa la revista Time, en blanco y negro, muy ilustrada, misma  que un hermano de su madre enviaba por suscripción. Apenas llegaba la valija del correo, él ya estaba abriéndola. “Disfrutaba impactado por las fotos en tonos grises sobre la Primera Guerra Mundial, la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría, las guerrillas centroamericanas”, recuerda con la emoción del niño que descubría el mundo a través de imágenes.

Recuerda que su padre, un hombre que apenas había terminado la primaria, hablaba de personajes como Anastasio Somoza y Augusto Pinochet, en charlas que sostenía con el carpintero del pueblo, José Pérez, y con su tío Alfredo Reyna, hermano de su madre. “Se conectaban en la radio todos los días para escuchar los noticieros de la noche, y se conectaban en banda ancha a estaciones centroamericanas ribereñas como Radio Grama de Cuba”, cuenta Ramón.

“Comentaban en un grado intelectual alto para mi edad”. También caían en sus manos algunos cómics que compraba en la papelería de Pancho López en Coahuayana, en la esquina del mercado frente a la plaza, donde había un puesto de cómics y telenovelas para adultos.

En la secundaria, el profesor Cuevas Valencia, un gran dibujante, les delineaba el mapa de México con actividades económicas agrícolas y ganaderas, con geishas de colores, y les daba temas para presentar. A Ramón le tocó exponer sobre los tarascos. “Preparé mi exhibición con mucho esmero, durante varias noches y comiendo poco, y cuando expuse, el maestro les dijo a casi todos los compañeros: ‘Ustedes ya no van a volver a exponer, harán exámenes el resto del año escolar’, cuenta con una sonrisa de satisfacción.

Los distinguidos con la valoración del profesor, fueron su prima Angélica Reyna, su compañero José Calderón y él. Señala con orgullo que José Calderón es físico matemático egresado del Politécnico y profesor en Australia; su prima estudió en Estados Unidos y es profesora universitaria en Washington. “Yo creo que fue un gran motivante el profesor Adalberto Cuevas Valencia”, reflexiona Ramón. “Su forma tan didáctica de enseñar la historia de México y la universal, fue lo que me acercó a las ciencias sociales”.

A los diecisiete años, Ramón Sánchez llegó a Morelia para estudiar el bachillerato en la Preparatoria “Melchor Ocampo”, en ese entonces se concluía en dos años. Su hermana, que ya había concluido la Licenciatura en Administración en Morelia, lo invitó a presentar el examen para el bachillerato tecnológico. “Pasé la prueba y escogí el bachillerato en ciencias sociales”, dice.

“Me daba mucho la cuestión del arte prehispánico, seguimiento de imágenes, libros, revistas, enciclopedias en las bibliotecas”. Pero al año de llegar a Morelia, murió su padre, y Ramón no sabía cómo estaba la economía en su casa. “Cuando eres adolescente no lo sabes, salvo que te interese de momento”, reflexiona con la sabiduría de quien ha comprendido las dificultades de la vida.

“Había dos opciones para estudiar algo cercano a la arqueología o antropología: La Escuela Nacional de Antropología o la Universidad Veracruzana”, explica. Pero consultó a sus profesores de Historia Universal y Economía Política, ambos le dijeron: “¿Por qué no te quedas en la Universidad Michoacana? Tiene una buena escuela de historia”. Ingresó en 1987, y allí comenzó su verdadera formación como historiador.

En la facultad, tuvo maestros que lo marcaron profundamente y que moldearon su vocación. El primero y más importante fue José Corona Núñez, el arqueólogo más importante para el occidente de México, director fundador de la Facultad de Historia de la UMSNH y autor de un libro clásico para Michoacán, “La mitología tarasca”. “Era un maestro a la usanza antigua, regañón, pero un sabio. Cada clase era una cátedra”, recuerda Ramón Sánchez con admiración.

Corona Núñez llegaba a clase con su traje y gabardina, su portafolios en el que cargaba el proyector de diapositivas. Sobre el pizarrón mostraba imágenes de tumbas y plataformas arqueológicas. “Marcaba con el lápiz para señalar, describe Ramón. “Llevaba sus fichas de trabajo con anotaciones muy antiguas, y cuando un compañero se distraía, le decía: ‘Cuando sea grande ¿Qué le va a contestar a sus hijos cuando le pregunten algo sobre la materia? Todo esto que yo les enseño no está en los libros, son mis exploraciones arqueológicas'”, cuenta.

Corona Núñez había sido alumno de Alfonso Caso, descubridor de la Tumba 7 de Monte Albán, y anduvo con esa camada de alumnos que no terminaron la licenciatura en la Escuela Nacional de Antropología porque los sacaron para trabajar en el campo. Fue jefe de las zonas arqueológicas del norte y noroeste de México, fundó el museo en la ciudad de Durango, exploró La Quemada en Zacatecas, y trabajó en Colima, Nayarit y Jalisco. Ramón fue su asistente personal hasta que el maestro falleció en 2002. “La enseñanza del profesor Corona Núñez fue grandiosa”, dice con la emoción de quien ha tenido el privilegio de aprender de un sabio.

Otro maestro que lo marcó fue Osvaldo Arias, un ciudadano que salió de República de Chile tras el golpe de Estado, y quien había sido vicerrector de la Universidad Nacional de Chile, además de trabajar en Francia antes de llegar a Morelia. Era un profesor extraordinario de historia de América Latina, que traía consigo la experiencia del exilio y la pasión por las causas justas. También recuerda al profesor Carlos Juárez Nieto, hoy jubilado en la universidad, quien impartía historiografía universal y de México, “Estricto pero excelente”.

Ramón Sánchez también evoca al profesor Gerardo Sánchez Díaz, investigador activo en la Universidad Michoacana, quien impartía Historia de Michoacán y Cultura Tarasca; y a Sergio Rodríguez Gil, un joven de la UNAM especialista en Arte Colonial, quien murió a los 32 años, dejando una huella profunda en Ramón.

“El que más marcó mi vocación de historiador fue el maestro José Corona Núñez”, confiesa “Pero el maestro Sergio Rodríguez Gil, que venía de la UNAM con especialidad en arte, fue lo que me inclinó la balanza hacia el arte colonial”.

La vida de Ramón Sánchez Reyna ha sido una constante de investigación, docencia y defensa del patrimonio. Ha participado en proyectos editoriales de gran envergadura. En el año 2001, el entonces rector de la Universidad Michoacana, Marco Antonio Aguilar Cortés, lo invitó a participar en el libro “Nuestros libros, encanto del antiguo”, sobre la Biblioteca Pública de Michoacán, donde le tocó trabajar el capítulo correspondiente a la arquitectura del edificio del antiguo Templo de la Compañía de Jesús, titulado “De casa del ejército de Cristo en la Tierra a templo del saber nicolaita”.

También participó en el libro “Crecer sobre las raíces”, coordinado por Gerardo Sánchez Díaz, sobre los historiadores de Michoacán en el siglo XX, donde le tocó hacer la trayectoria y biografía del historiador del arte, arquitecto y restaurador Manuel González Galván, una figura fundamental en la defensa del patrimonio moreliano.

Fue invitado por la historiadora Esperanza Ramírez Romero y el arquitecto Manuel González Galván a trabajar en la defensa del patrimonio, y desde entonces ha sido un incansable vigilante de la ciudad de Morelia, Michoacán. “Yo tuve esa preocupación por el ex convento de San Agustín, la sigo teniendo”, afirma con determinación. “No ha habido interés en un nivel de la autoridad, aunque en algún momento lo hubo”.

Ramón Sánchez Reyna ha escrito artículos en revistas y periódicos, dictado conferencias y participado en la coordinación de museos. En el año 2005, participó en el Coloquio de Conservación del Patrimonio Artístico de México, dedicado al arquitecto Manuel González Galván. También fue director del Museo de Arte Colonial. Publicó una pequeña biografía del historiador Martín Tavira y Ortiz, uno de los profesores fundadores de la Escuela de Historia.

En sus tiempos libres, Ramón Sánchez Reyna es un hombre de café, cerveza y libros. “No soy coleccionista de objetos, me persiguen los libros”, dice con una sonrisa cómplice. Heredó bibliotecas de sus maestros y amigos: cuatrocientos libros del maestro Corona Núñez, unos cuatrocientos de Manuel González Galván, y una biblioteca de literatura latinoamericana de Berta Múgica Alcaraz, la hija menor del general Francisco J. Múgica, quien fue una figura clave en su formación literaria. “No hay semana que no me regalen un libro por lo menos”, confiesa.

Le gusta la cerveza artesanal, la comida michoacana y la charla con los amigos. “Soy glotón en el sentido de que me gusta experimentar”, dice con humor. También es un amante de la cocina mexicana, y reconoce que su facilidad de palabra lo ha llevado a dictar conferencias por todo el país, acumulando alrededor de setecientas a lo largo de su vida profesional.

Entre sus obras, destaca la publicación de un sermón del padre José Antonio María Brega, un discurso de 1808 que defendía la libertad. “Es el discurso que da un ex regente del Colegio de San Nicolás, cura del Maravatío, que fue involucrado porque participó en la Conspiración de Valladolid”, explica Ramón con el entusiasmo del investigador que ha descubierto un tesoro. Una alumna suya, la historiadora Juana Martínez Villa, encontró el documento en la Biblioteca Nacional de México, en una mescolanza encuadernada con diferentes cuadernillos que se le había escapado a otros investigadores. “Me entregó una copia impresa de microfilm y lo publicamos en 2010”, cuenta.

“Es un libro extraordinario porque es el discurso donde el padre Brega toma la figura criolla de la Virgen de Guadalupe y desarrolla el sentido de independencia y libertad”. El libro se distribuyó gratuitamente en las bibliotecas municipales de los 113 municipios de Michoacán, gracias a la entonces presidenta del Instituto Electoral de Michoacán, María de los Ángeles Llanderal Zaragoza, quien vio en esta publicación una forma de acercar la historia de la Independencia de México a todos los ciudadanos.

También ha publicado una biografía del gran reformador, titulada “Melchor Ocampo: Del hombre a la institución”, que le encargó la entonces directora del Archivo Histórico de la Universidad, Silvia Figueroa Zamudio, para la colección “Perfiles”, misma que lleva los nombres de personajes que tienen las preparatorias de la Universidad Michoacana. En el momento en que la preparatoria “Melchor Ocampo” cumplía 25 años, Ramón escribió el capítulo sobre la biografía de Ocampo y la historia del edificio que fue el Monte de Piedad.

También es coautor de una guía cultural sobre la ruta de Miguel Hidalgo en el movimiento de independencia, con la maestra Martínez Peñaloza, y de una guía cultural artística del de Michoacán, publicada por Teléfonos de México, en gran formato, que considera una de sus obras más queridas.

Ramón también ha impulsado la enseñanza de la historia a través de la experiencia. Durante diez semestres, impartió una materia en la Universidad Latina de América sobre el libro como objeto, y llevó a sus alumnos a visitar pueblos, probar su comida y conocer su patrimonio cultural. De esa experiencia surgió el primer cuadernillo de la serie “La sonrisa de la historia”, con recetas de cuaresma de las familias de los alumnos. “Supieron los alumnos cuánto costaba el trabajo intelectual para armar un libro y cuánto costaba pagarlo a la imprenta”, recuerda con orgullo.

“Los alumnos llevaban los cuadernillos a su casa, y todavía algunos padres de familia, profesionistas en comunicación y periodismo, se acuerdan de esta experiencia”. También participó en un diplomado para profesores de educación básica sobre la enseñanza de la historia, organizado por el maestro Álvaro Estrada, donde compartió sus conocimientos con pedagogos y normalistas, aprendiendo también de ellos.

Ramón Sánchez Reyna se define como un “hombre hormiguero”, que casi no hay día que no se reúna con amigos a tomar un café, comer o tomar la copa. Le gusta mucho la cerveza, especialmente las artesanales, y probar sabores y tonos diferentes. También es un amante de la cocina mexicana y, en particular, de la cocina michoacana. Eso lo ha llevado a dictar conferencias sobre gastronomía en diversos foros. “Me maravilla el probar sabores, tonos de estos sabores”, confiesa con entusiasmo.

Sobre la historia y su enseñanza, Sánchez Reyna tiene una postura clara y contundente: “La historia debe ser para el pueblo. Los historiadores tenemos que escribir con toda sencillez para el pueblo”. Critica que desde que se establecieron los estudios formales, la historia se escribe desde el punto de vista científico, alejando al lector común. “El Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología obligó a los investigadores a escribir en revistas arbitradas, pero eso no queda en la crónica, no queda en la historia para el pueblo”, afirma con convicción.

Por eso valora el trabajo de los cronistas. “Los cronistas juegan un papel importante para acercar la historia a la gente”. En Michoacán, hay un gran número de cronistas, aunque la mayoría no son profesionistas. “La figura del cronista no existe como tal, porque los ayuntamientos no pagan un sueldo ni publicaciones”, lamenta. Sin embargo, la Ley Orgánica Municipal establece que los municipios deben tener un consejo de cronistas, y algunos municipios, como Uruapan, tienen más de doce cronistas y publican un libro temático cada año.

Ramón también ha reflexionado sobre el papel de la historia en la educación básica. En una ocasión, fue invitado a una escuela primaria en Maravatío, donde se encontró con un auditorio de estudiantes de tercero, cuarto, quinto y sexto año, y tuvo que improvisar una charla sobre Melchor Ocampo. “Les dije: Chicos, yo espero que no se aburran con mi rollo. Si yo veo que se distraen, me va a indicar dos cosas: que estoy siendo aburrido o que no les importa. Y a quien tiene que importar Melchor Ocampo es a ustedes, porque nació aquí, en Maravatío'”, recuerda con emoción.

Esa experiencia lo llevó a publicar un cuadernillo sobre José María Morelos y Pavón, que el Ayuntamiento de Morelia imprimió en 20 mil ejemplares y distribuyó en las escuelas de la ciudad. “Muchas veces me han invitado a las escuelas primarias y me quedo sorprendido porque me dicen: ‘Mira, aquí tenemos un libro que usted hizo'”, cuenta con satisfacción.

Al participar en la dinámica de “La llave mágica” del programa “Conexión”, Ramón Sánchez Reyna responde, con la convicción de quien ha dedicado su vida al conocimiento y a la enseñanza, que con ella le abriría a Michoacán: “La puerta para mejor conocer a Michoacán. Hay que invitar a los profesores de nivel básico a que enseñen e inculquen a sus estudiantes el cariño por la historia”.

Y recuerda una pintura de Remedios Varo que retrata al cardiólogo Ignacio Chávez: una puerta y un brazo que asoma una llave para introducirla en el corazón. “Yo pondría esta llave sobre una capa que corresponda al suroeste, para pedirle a la niñez de Michoacán que abra esta puerta desde los muchos panoramas que tiene nuestro estado”, concluye con la mirada puesta en el futuro.

Ramón Sánchez Reyna es un hombre que ha transitado por la arqueología, la investigación, la historia, la docencia y la defensa del patrimonio. Pero en todos esos ámbitos ha mantenido una coherencia: La pasión por el conocimiento, el respeto por los maestros que lo formaron, la convicción de que la historia debe llegar al pueblo y la defensa de un patrimonio que considera sagrado.

El legado de Sánchez Reyna, aunque él no lo formule así, está en cada libro que ha escrito, en cada conferencia que ha dictado, en cada monumento que ha defendido, en cada niño que ha aprendido a querer la historia gracias a sus esfuerzos.

Su historia es la de un hombre que, como el sabio de su pueblo, carga con su responsabilidad sin titubeos, con la mirada puesta en el horizonte del conocimiento y los pies firmes en la tierra que lo vio nacer.

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