Humberto Castillo/ACG
Morelia, Mich..- Eran casi las diez de la noche cuando el tiempo se detuvo en el Estadio Morelos. Tras horas de una vigilia alimentada por la nostalgia, Marco Antonio Solís apareció sobre el escenario no como la estrella internacional que es, sino como el hijo que vuelve a casa. La cita tenía un doble peso sagrado: cincuenta años de historia musical y el corazón de las madres michoacanas latiendo en sincronía.
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El «Buki» no solo cantó; habitó el escenario. Entre bromas y pasos de baile, fue tejiendo un mapa sentimental de Michoacán, nombrando a Apatzingán, Tacámbaro, La Huacana y Pátzcuaro como quien reza un rosario de identidades. Pero el aliento se le cortó al mencionar Ario de Rosales; ahí, la figura del ídolo se inclinó buscando el suelo, en un intento de arrodillarse ante el origen, ante la raíz que lo sostiene.
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Mientras afuera el caos y la desilusión dejaban a cientos con el boleto en la mano y la mirada puesta en una pantalla fría, adentro la atmósfera era de puro fuego emocional. A las 23:10, las notas de “Si te pudiera mentir” quebraron las gargantas de una multitud que encontró en su voz un refugio. Marco Antonio Solís, con la humildad de los grandes, no olvidó a los que estaban lejos, en la última fila del olvido, saludándolos como si pudiera tocarlos.
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“Este tema es un pasaporte para ir a todos lados”, sentenció antes de soltar los primeros acordes de “Tu cárcel”. Al final, entre el brillo de la producción y el eco de Los Bukis, quedó flotando una confesión que no necesitaba música: “Qué orgulloso me siento de ser michoacano”. El estadio rugió, no por el espectáculo, sino por la verdad de un hombre que, habiendo conquistado el mundo, sigue perteneciendo a su pueblo.
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