Ciudad de México.- El sueño no murió de golpe; se fue desangrando entre cada gota de lluvia que cayó sobre el Estadio Azteca, entre cada grito que descendió de las tribunas y cada balón que se negó a cruzar la línea en los últimos minutos.
México peleó con el alma expuesta, convirtió el coloso de Santa Úrsula en un volcán y estuvo cerca de escribir una de las páginas más gloriosas de su historia, pero Inglaterra resistió el asedio y terminó imponiéndose 3-2, sepultando la ilusión de un país que volvió a mirar de frente a una potencia mundial.
No fue una derrota cualquiera, fue de esas que dejan el pecho apretado porque el equipo mexicano jamás dejó de creer.
Cuando el reloj parecía convertirse en enemigo, el Tricolor convirtió el partido en una batalla desesperada, obligando a Inglaterra a defender su ventaja con diez hombres, aferrada a cada despeje y a cada intervención salvadora de Jordan Pickford.
Durante semanas se habló de la altura, de la historia, de las probabilidades, del favoritismo inglés, pero cuando rodó el balón, todo aquello quedó reducido a un simple rumor.
Lo único que importó fue el rugido de más de 80 mil gargantas que empujaron a México como si el viento pudiera mover la portería rival.
Inglaterra golpeó con la precisión de un gigante
El primer aviso fue mexicano, impulsado por una afición que convirtió el Azteca en un océano verde, sin embargo, Inglaterra encontró en Jude Bellingham al hombre capaz de cambiar el rumbo del encuentro.
El mediocampista apareció dos veces en apenas unos minutos para golpear a un México que había competido de tú a tú durante buena parte del primer tiempo.
Sus anotaciones silenciaron momentáneamente el estadio y recordaron por qué los europeos llegaron como uno de los principales candidatos al título.
Pero este Tricolor había demostrado durante todo el Mundial que no entiende de rendiciones, pues antes del descanso, Julián Quiñones encontró el descuento y devolvió el aliento a una afición que jamás dejó de creer.
El gol fue una chispa que volvió a encender el fuego en las tribunas y dejó claro que la historia aún tenía capítulos por escribirse.
Kane amplió la herida y Jiménez reabrió la esperanza
En la segunda mitad apareció Harry Kane. El capitán inglés transformó un penal en el tercer tanto europeo y parecía colocar una lápida sobre las aspiraciones mexicanas. Inglaterra encontraba oxígeno justo cuando el conjunto de Javier Aguirre intentaba reorganizarse.
Sin embargo, el partido estaba lejos de terminar, ya que Raúl Jiménez respondió también desde los once pasos y volvió a meter a México en el encuentro.
El 3-2 convirtió los minutos finales en un asedio constante, donde cada avance mexicano era celebrado como un gol y cada despeje inglés como un suspiro de supervivencia.
El Azteca empujó hasta el último suspiro
El encuentro cambió por completo cuando Inglaterra quedó con un hombre menos tras la expulsión de Jarell Quansah por una dura entrada.
Entonces comenzó otro partido, pues México cercó a los europeos, acumuló llegadas y obligó a Pickford a convertirse en figura.
Bellingham, además de su doblete, salvó un balón prácticamente sobre la línea de gol en una acción que terminó siendo tan valiosa como cualquiera de sus anotaciones.
El tiempo añadido pareció eterno, ya que cada centro al área llevaba consigo el peso de cuarenta años de espera.
Cada remate despertaba a un estadio que se negaba a aceptar el final. Pero el silbatazo definitivo terminó por apagar una noche que durante largos minutos pareció destinada a convertirse en leyenda.
Un Mundial que devolvió la ilusión
La eliminación no borra el recorrido del equipo mexicano. El conjunto dirigido por Javier Aguirre llegó a los octavos de final después de una campaña impecable en defensa, con cuatro triunfos consecutivos y sin recibir anotaciones hasta enfrentar a Inglaterra.
Durante semanas hizo que el país volviera a creer en su selección y transformó cada partido en una celebración nacional.
Esta vez no alcanzó
Pero pocas derrotas tienen el extraño privilegio de arrancar aplausos. México cayó de pie, obligó a Inglaterra a sufrir hasta el último instante y abandonó el Mundial dejando la sensación de que, por momentos, el gigante europeo estuvo al borde del precipicio.
Cuando las luces comenzaron a apagarse y la lluvia terminó de lavar el césped del Azteca, quedó una imagen imposible de borrar: miles de aficionados permaneciendo en sus lugares, aplaudiendo a un equipo que se quedó sin Mundial, pero no sin dignidad.
Porque hay noches en las que el marcador decide al vencedor y hay otras, como esta, en las que el fútbol deja cicatrices que tardan mucho más en cerrar.
