Odisea política
La reciente 81.ª Asamblea General de las Naciones Unidas, celebrada la semana pasada, se desarrolló bajo el supuesto: «Restaurar la confianza, gestionar la transformación: una ONU que cumple para todos». Lo sucedido no es para pasar de largo, sino para establecer desde la soberanía, entendida esta como el poder que radica y emana desde el pueblo, ante la posibilidad de un blindaje que no solo incluya la modificación Constitucional de nuestro país –requerimos más que eso, al menos eso creo yo–.
Para lo cual es necesario abordar la importancia de la convivencialidad, concepto teorizado fundamentalmente por Iván Illich (1973), que la definió como la relación autónoma, creadora y colaborativa entre los seres humanos, y de estos con su entorno, en contraposición a la dependencia pasiva frente a herramientas, tecnologías e instituciones hiper-industrializadas, actualmente tecnofascistas, término que utilizamos para describir la convergencia entre ideologías o prácticas autoritarias y el despliegue de infraestructuras digitales avanzadas (inteligencia artificial, vigilancia masiva, análisis de datos y control algorítmico).
Referirme a la convivencialidad no se trata de mera cordialidad o coexistencia pacífica, sino una condición estructural de libertad colectiva: la capacidad de los individuos y comunidades de generar sus propios medios de vida, cuidado y reproducción social sin ser despojados por dinámicas burocráticas o mercantilistas.
Y es que aquí quiero detenerme un poco, ante la palabra libertad de la que tanto reclaman en diversos medios, así como de personajes del espectro político de derecha y una que otra persona trasnochada que cree que libertad es el ejercicio de la misma sin limitación alguna, pero resulta que esto no es así, ya que en este caso solo refiere a la libertad de mercado y la expansión de libertades para una sola clase social a través de actos de violencia y antiderechos para quienes nos reprimen y encarecen la vida como este grupo de personajes, véase Argentina, Honduras, Colombia, Chile, El Salvador, Perú, Paraguay, solo por mencionar algunos países de nuestro continente, aunque, en Europa, también hay más.
Evidentemente, la Asamblea de Naciones Unidas fue un desfile desafortunado en que las amenazas de exterminio, principalmente hacia Cuba e Irán, fueron detonantes de la más baja calidad moral y decadente dignidad humana, porque en realidad estábamos presenciando el riesgo de la barbarie autoritaria, que se da justamente ante la convergencia entre el capitalismo financiarizado/extractivista, el colapso ecológico y la ultraderecha radicalizada que impulsa un horizonte de apartheid global en donde sólo los ultrarricos podrían sobrevivir.
No es una exageración lo que estoy tratando de explicar, más bien es un llamado a que nos involucremos aún más en las decisiones políticas que nos atañen como sociedad o pueblo. Largo trecho hemos construido quienes hemos salido y tomado las calles para demandar justicia, respeto a los derechos humanos y demás temas de importancia que parecieran irrelevantes para algunos sectores que casi siempre detentan o representan el poder.
En este caso, Michoacán siempre se ha defendido, siempre ha expresado su preocupación y exigencia por muchos y diversos temas principalmente en contra de la violencia, el despojo, la privatización, la deforestación, el extractivismo y de otros temas de importancia sobre lo que humanamente nos importa, en donde no siempre hemos ganado, porque hay vidas que se han perdido en esta larga batalla, pero sí hemos hecho ejercicio público de lo que nos importa y eso es invaluable.
Ahora bien, entender la convivencialidad como herramienta para la pacificación nos obliga indiscutiblemente a la reconstrucción sustantiva desde abajo, que traducido implica el fortalecimiento de la democracia comunitaria, territorial y de los bienes comunes, que nos importen temas en común. Por ejemplo, la educación, que bajo el liderazgo de Gaby Molina, el rezago educativo se contrajo, después de una pandemia y de un conflicto social como del que aún no podemos superar, el reto no fue sencillo, pero sí logró que a todos y todas nos importara la educación, esto es entonces, la convivencionalidad dado que indiscutiblemente en mayor o menos medida nos pudimos poner de acuerdo.