Entre las columnas de hormigón, la vida se organiza como puede entre casas de campaña y sirenas que no dejan de sonar.
Tel Aviv.- Las tiendas del Dizengoff Center, uno de los centros comerciales más conocidos de Tel Aviv, mantienen sus puertas abiertas. Cuatro niveles bajo tierra, su aparcamiento alberga un refugio antiaéreo donde decenas de personas tienen su residencia desde hace casi un mes.
"Vinimos el mismo día que empezó la guerra, el sábado 28 (de febrero)", cuenta a EFE Kochava, de unos 60 años, desde la tienda de campaña en la que vive junto a su marido y su hija.
Su parcela, delimitada por las líneas de la plaza de aparcamiento que ocupa la estructura en la que ahora descansa, está llena de cajas con productos de higiene aportados por voluntarios y algunas maletas. A su derecha, adherido a una columna de hormigón, un cartel escrito a mano advierte: "No fotografiar".
Kochava es una de las decenas de personas (muchas en situación precaria y sin acceso a refugios en sus propios edificios) que se han instalado en este aparcamiento, uno de los búnkeres más grandes y reforzados de esta ciudad costera.
Tras cuatro semanas, las tuberías que cuelgan del techo se han convertido en improvisados tendederos, en soportes para sábanas que ofrecen cierta intimidad y en puntos de sujeción para guirnaldas de luces led que tratan de contrarrestar los fluorescentes.
"Mi esposo y yo llevamos días sin salir de aquí, sin ver la luz del sol. Las alarmas no paran de sonar. Estamos hartos de esta situación interminable, pero al menos aquí tenemos la tranquilidad de sabernos seguros", asegura Kochava este jueves, cuando Irán lanzó una decena de andanadas de misiles a Tel Aviv en poco más de doce horas.
Una rutina subterránea
Unos metros más allá, su vecino, de unos 30 años y que prefiere no dar su nombre, insiste en la importancia de luchar por mantener una rutina. Según explica a EFE, todas las mañanas sube al centro comercial, donde se ha abonado al gimnasio, para mantenerse activo y "resistir la locura de este hacinamiento".
Entre las columnas de hormigón, la vida se organiza como puede: una mesa hace las veces de biblioteca improvisada; en otra esquina, un pequeño espacio para niños reúne juguetes y disfraces bajo luces anaranjadas que suavizan la dureza del entorno.
"Nos hemos acostumbrado", dice Vadim, inmigrante ucraniano de 57 años, mientras barre el perímetro de su tienda junto a su hijo de 13. El sonido frecuente de las sirenas, explica, le provocaba temblores y ataques de ansiedad tan intensos que decidió instalarse en el Dizengoff.
Desde allí, asegura, su hijo puede seguir las clases telemáticas de su instituto, mientras él acude a trabajar durante el día al restaurante donde está empleado con la tranquilidad de saberlo a salvo. No siempre es sencillo: en ocasiones, señala, algunos residentes pierden control y la policía ha tenido que intervenir.
Pese a todo, el ambiente también deja espacio para momentos de diversión. "Ha habido fiestas, hasta una boda, y teníamos una mesa de ping pong", cuenta Leon, de 13 años. Incluso, insiste, hay "botes enormes de Nutella de los que podemos comer todos", aunque hoy, matiza, no haya pan para acompañarla.
Entre las filas de vehículos ausentes, los niños juegan mientras algunos adultos miran el móvil o duermen sobre colchonetas. En una mesa cubierta de cuadernos y subrayadores -y estratégicamente apostada junto a un enchufe- Gal, de 35 años, imparte una clase de hebreo a distancia.
"Los iraníes acabaron con mi vida (diaria), pero no acabarán con mi dinero", dice a EFE entre risas al terminar la sesión. Originaria de Kfar Saba, en el centro del país, la profesora explica que se trasladó al aparcamiento hace ocho días para estar más cerca de la playa y de sus amigos con una mayor sensación de seguridad.
"Aunque tengo que pensar qué voy a hacer, porque la gente se está volviendo loca tras tanto tiempo aquí (...) y por las noches es difícil dormir por el ruido", añade.
De repente suenan las sirenas y el lugar, hasta entonces silencioso y relativamente vacío, se llena en pocos minutos con un par de cientos de personas. El murmullo crece, algunos tranquilizan a sus perros y otros revisan notificaciones sobre los misiles mientras aprovechan para llamar a sus seres queridos. Entre el bullicio, Gal comienza su siguiente clase.