Una magnífica reflexión sobre la literatura como espejo temporal, el trabajo de cuidados y la célebre premisa política de Ruth Bader Ginsburg.

When there are nine. People are shocked. But there'd been nine men, and nobody's ever raised a question about that.

Ruth Bader Ginsburg

Hace unos días me propuse una tarea que llevaba meses posponiendo: limpiar mi librero.

No fue precisamente un acto de organización. Más bien fue una especie de arqueología personal. Entre novelas que ya había olvidado, separadores perdidos y dedicatorias que me hicieron sonreír, apareció un libro que no recordaba tener tan cerca: El país de las mujeres, de Gioconda Belli. Lo tomé entre las manos y pensé algo muy extraño: ya no soy la mujer que lo leyó por primera vez.

No recuerdo exactamente cuándo lo leí. Han pasado tantos años que sería imposible ubicarlo con precisión. Lo que sí recuerdo es la sensación que me dejó: me pareció una novela fascinante. Divertida, provocadora y, sobre todo, profundamente utópica. La idea era sencilla y poderosa al mismo tiempo. En Faguas, un país imaginario creado por Gioconda Belli, un grupo de mujeres llega al poder decidido a transformar la manera de gobernar. No solo buscan demostrar que las mujeres pueden dirigir un país con la misma capacidad que los hombres; también quieren cambiar la forma en que entendemos el trabajo, los cuidados, la familia y el poder. En aquel momento me enamoré de esa premisa.

Hoy, mientras sostenía nuevamente el libro, me descubrí haciéndome preguntas completamente distintas. Supongo que eso también es crecer.

Con los años una descubre que los libros nunca permanecen exactamente iguales. Las palabras sí, por supuesto. Las páginas también. Lo que cambia es la persona que las lee.

Cuando conocí esta historia todavía no había cubierto elecciones como periodista. No había entrevistado a mujeres que ocupan cargos públicos. No había escuchado tantas historias de violencia ni había visto tan de cerca las enormes desigualdades que siguen atravesando nuestro país. Tampoco era madre. Ni emprendía proyectos propios. Ni entendía muchas de las conversaciones feministas que hoy forman parte de nuestro día a día.

Es inevitable pensar que volver a abrir ese libro sería, en realidad, volver a encontrarme conmigo misma.

Mientras hojeaba algunas páginas volví a leer un fragmento que en su momento subrayé: "Dejar trabajar solas a las mujeres en el gobierno confirmó su intuición de que dejadas a su aire, sin el ojo del macho para sopesarlas y emitir juicios a los que ellos sentían tener derecho por el solo peso de sus frágiles y delicados testículos, ellas se despojaban de su ánimo complaciente, de la leyenda de que no les gustaba mandar, del cuento de que las incomodaban los retos." Sonreí. No porque hoy piense exactamente igual que hace años, sino porque recordé la fuerza con la que esa idea me sacudió entonces.

También volví a encontrar otro de los ejes de la novela: dignificar el trabajo doméstico y lograr que los hombres participen de manera cotidiana en las tareas del hogar y el cuidado de los hijos. Una propuesta que, leída hace varios años, me parecía revolucionaria y que hoy sigue sintiéndose dolorosamente vigente.

Pero también encontré algo más.

Mientras buscaba opiniones sobre el libro descubrí lectoras que lo consideran una novela envejecida. Algunas señalan que su feminismo responde a preguntas de otra época, que imaginar un gobierno compuesto únicamente por mujeres no basta para transformar un sistema construido durante siglos sobre relaciones de poder mucho más complejas. Y me pareció una crítica interesante.

Porque los movimientos sociales también cambian, las conversaciones evolucionan y las preguntas se transforman. Y quizá esa sea precisamente una de las mayores virtudes de la literatura: permitirnos dialogar con las ideas de otro tiempo sin la obligación de aceptarlas intactas.

Sin embargo, hay una pregunta que la novela sigue haciéndome y que continúa pareciéndome brillante. ¿Por qué nos resulta extraño imaginar un gobierno integrado solamente por mujeres, pero durante siglos nadie encontró extraño que estuviera integrado únicamente por hombres?

Hace algunos años le preguntaron a la jueza Ruth Bader Ginsburg cuántas mujeres serían suficientes en la Suprema Corte de Estados Unidos. Su respuesta fue sencilla: "cuando haya nueve". La gente se sorprendió. Ella respondió que durante muchísimo tiempo hubo nueve hombres y nadie hizo jamás esa pregunta.

A veces basta cambiar el lugar desde donde miramos para descubrir lo normalizadas que tenemos ciertas cosas. Quizá por eso me dieron tantas ganas de volver a leer El país de las mujeres. No porque espere encontrar respuestas definitivas, tampoco porque crea que sus propuestas siguen siendo perfectas. Quiero volver porque sospecho que la conversación será completamente distinta.

Últimamente he pensado mucho en eso. En cómo algunos libros permanecen pacientes en nuestros libreros durante años, esperando el momento exacto para volver a encontrarnos. No porque ellos hayan cambiado, sino porque nosotras sí.

Todavía no sé cuándo volveré a leer esta novela. La vida adulta rara vez deja tardes enteras para desaparecer entre las páginas de un libro. Pero tengo la intuición de que, cuando lo haga, no estaré buscando comprobar si sigue siendo tan bueno como lo recordaba, buscaré algo mucho más interesante. Descubrir en qué momento dejé de hacerme ciertas preguntas y empecé a hacerme otras.

Al final, quizá esa sea una de las cosas más maravillosas que tienen los libros. Permanecen exactamente en el mismo lugar mientras nosotros seguimos cambiando.

Yazmin Espinoza

Yazmín Espinoza, comunicóloga enamorada del mundo del marketing y la publicidad. Apasionada de la literatura y el cine, escritora aficionada y periodista de corazón. Mamá primeriza. Lectora en búsqueda de grandes historias.