Ambos directores son estadounidenses, y que a pesar de llevar este gran estigma sobre sus hombros, los dos, en su filmografía, se han caracterizado por ir en contra del sistema.

Juan Pablo Arroyo Abraham

"Nadie nace odiando a otra persona por el color de su piel, o su origen, o su religión. La gente tiene que aprender a odiar, y si pueden aprender a odiar, se les puede enseñar a amar"

-Nelson Mandela

Si algo caracteriza la próxima contienda de los premios de la Academia es su diversidad de contenidos y temáticas. Desde un padre ausente que a través de su máxima pasión que es el cine (y por la cual se distanció de su familia) busca reencontrarse con su hija en Valor sentimental, o un profesor de universidad que pretende reunirse con su hijo en la ciudad de Recife en Brasil y viaja desde Sao Paulo pasando por una travesía detectivesca y policíaca llena de obstáculos en El agente secreto; o la historia épica y ya muchas veces contada en donde la malicia y la ambición de un científico que persigue la perpetuidad a través de la experimentación en una criatura formada por trozos humanos deriva en un drama de dimensiones descomunales en Frankenstein, o la típica película gringa que siempre encuentra la fórmula perfecta para resucitar al antihéroe estadounidense (Brad Pitt) y convertirlo en un ídolo de nuevo en F1, o el estilo único de Yorgos Lanthimos (con el cual yo no comulgo mucho que digamos) en Bugonia; o filmes históricos como Hammet, o la adaptación literaria Sueños de trenes hasta llegar a la frescura juvenil de Timothée Chalamet en Marty Supreme.

Pero hoy quiero dedicar este texto a dos películas diametralmente distintas pero con un común denominador: la reivindicación racial. Me refiero a Pecadores (2025) de Ryan Coogler y a Una batalla tras otra (2025) del experimentado y polifacético director Paul Thomas Anderson. A partir de ahora intentaré encontrar similitudes y diferencias entre estas dos obras cinematográficas. No será una tarea fácil ya que estilísticamente son muy distintas pero en su sustancia, en su más profundo significado, ambas se convierten en una búsqueda por visibilizar a dos razas que siempre han navegado contracorriente: los latinos y los negros.

Cabe mencionar que ambos directores son estadounidenses, y que a pesar de llevar este gran estigma sobre sus hombros, los dos, en su filmografía, se han caracterizado por ir en contra del sistema. En el caso de Paul Thomas Anderson, desde Boogie Nights (1997) en donde se cuenta la historia de un director de Hollywood (Burt Reynolds) quien intenta encumbrar a un joven actor porno (Mark Wahlberg) y que debido a la avaricia del director y a la adicción a las drogas del actor, todo termina siendo una catástrofe; o la multipremiada Magnolia (1999), que retrata la vida de nueve personajes aparentemente disociados entre ellos pero que en un punto de la trama se vinculan entre sí. Para mí, esta es la mejor película de Thomas Anderson, ya que la estructura del guión es tan compleja que durante sus más de tres horas de duración, te mantiene aprisionado a la butaca. Su ritmo acelerado difícilmente te permite distraerte ya que corres el riesgo de perder el hilo. En Magnolia el director critica severamente a todos aquellos símbolos que

hacen de la sociedad estadounidense un ideal de vida, es decir, destruye el “sueño americano” mostrando su rostro más decadente. Me tomaría muchas cuartillas escudriñar en cada una de las historias que ahí se cuentan, pero por poner un ejemplo, hablaré de Frank T.J. Mackey, interpretado por Tom Cruise, un gurú de autoayuda desafiante y arrogante, galán y misógino y aparentemente sobrado en autoestima y seguridad en sí mismo. La escuela de Frank se enfoca en un método creado por él mismo cuyo objetivo es aprender a “ligarse” a una mujer básicamente ¿qué más ridículo que eso y más en estos tiempos?. Pero consideremos que hace 27 años, cuando Magnolia se estrenó, todavía se creía en esas deidades prometedoras de una felicidad totalmente ficticia. Tan es así, que en el personaje interpretado por Tom, mientras transcurre la historia, se vislumbra su total vulnerabilidad y precariedad. Su interpretación es una coraza para esconder el abandono y el odio hacia su padre moribundo. Paul Thomas Anderson, aparte de criticar esos símbolos (que si lo trasladamos a esta época podrían ser una especie de “influencers”) traspasa la frontera de la epidermis, de lo superficial, y nos muestra el dolor de este y sus otros ocho personajes en esta obra magistral.

El caso de Ryan Coogler es distinto. Su filmografía destaca por películas como Creed (2015) y Black panther: Wakanda forever (2022), y que a pesar de ser obras con un tinte mucho más comercial, no dejan de ser una lucha desesperada por los derechos de los afroamericanos.

Una vez dicho lo anterior, y probablemente entendiendo que Paul interioriza más en los personajes como seres imperfectos y llenos de temores para así reflejar una sociedad enferma y Ryan colectiviza sus relatos convirtiéndolos en un reclamo étnico, más pluralista y racial, pasemos a las dos películas en cuestión: Pecadores y Una batalla tras otra.

Comencemos con la obra de Paul Thomas Anderson. Este autor se ha caracterizado por realizar guiones complejos, caoticamente ordenados, en donde pareciera que la anarquía prevalece pero que magistralmente terminan por causar un efecto claro y conciso. Una batalla tras otra cuenta la historia de Bob Fegurson (Leonardo DiCaprio), un exrevolucionario paranoico, perteneciente a un grupo de izquierda llamado Los Franceses 75, que lucha por los derechos de los latinos que residen en los Estados Unidos. Bob vive con su hija Willa (Chase Infiniti), una chica de raza negra, rebelde y problemática. La aparente calma se rompe cuando un enemigo del pasado reaparece, Steven J. Lockjaw (Sean Penn), quien está obsesionado por extinguir a esta agrupación radical y aparte por saber si Willa es su hija, ya que 16 años atrás, Lockjaw tuvo intimidad con la madre de ella. De nuevo, y haciendo énfasis en el profundo involucramiento de Anderson con sus personajes, podemos deducir que la motivación principal de este ser maligno (Lockjaw) no es principalmente acabar con los extremistas y expulsar a todos los latinos de este país, si no reencontrarse con su hija. Es decir, Una batalla tras otra

es una historia intimista disfrazada de una problemática social como lo es la discriminación y la erradicación de las minorías en los Estados Unidos.

Tengo que confesar que tuve que ver la película dos veces. Su ritmo enredoso y trepidante me dejó con tantas dudas e incertidumbre, que fue en el segundo visionado donde realmente me pude sumergir en la trama. Al verla no dejé de reconocer el estilo del autor. Ya en esta segunda ocasión pude seguir su ritmo, y por lo tanto pude disfrutarla como Dios manda.

Si me pongo en un plan exquisito podría decir que Una batalla tras otra peca de una saturación de elementos tanto visuales como sonoros que estorban, pero obviamente, entendiendo el pasado fílmico de este director y conociendo su estilo, pues queda más que claro que cada cuadro, que cada momento de esta obra, está metódicamente pensado.

Mientras veía Una Batalla tras otra me sentía intranquilo, ansioso, y no solamente por las constantes escenas de acción de este largometraje, sino por una melodía que no dejaba de “zumbar” en mi cabeza, que a ratos era fastidiosa, pero que lógicamente ese era su objetivo. Me refiero a la base musical de piano creada e interpretada, junto a la London Contemporary Orchestra, por Jonny Greenwood, integrante de la banda Radio Head. Yo, que soy de un cine más silencioso y minimalista, sufrí mucho con estos acordes. Me recordó la batería de Antonio Sánchez en Birdman (2014) de Iñárritu, cuyo efecto provocó en mí un estrés permanente.

Ahora bien, si yo fuera parte del jurado de los Premios de la Academia y Ciencias Cinematográficas no le daría el Oscar a Mejor Película. A pesar de que reconozco que es una gran obra súper bien elaborada y que aparte “desnuda” una situación tan actual como lo es el de la inmigración y sus vertientes, Una batalla tras otra no me dice nada nuevo, ni en su estilo ni en su temática, e incluso no es mi película favorita de este cineasta; por mencionar alguna, Magnolia se me hace mucho más original, con una propuesta innovadora (en aquella época) y con un estilo sorprendente y cautivador. Y precisamente con estas etiquetas que acabo de poner quiero hablar de Pecadores.

Estuve posponiendo este momento. Quiero decir que Sinners (título original) es una película que no se me antojaba ver. Probablemente su cartel no me atraía, o su trailer y sinopsis no me decían nada nuevo; al contrario, no soy muy fan de las películas fantasiosas y que se despegan de la realidad. Yo soy más del estilo crudo y realista por un lado, y poético y humano por el otro. Y por lo tanto cuando advertí que esta película trataba de una secta de zombies o vampiros inmortales (o al menos eso pensaba yo) retrasé el tomarme el tiempo de dedicarle dos horas de mi vida.

Le pongo “play”. A cuadro aparecen dos hermanos gemelos, Smoke y Stack, (interpretados ambos por Michael B. Jordan) quienes después de una fructífera pero criminal estadía en Chicago, regresan a su pueblo natal en el Missisipi con el objetivo de instalar un club de blues para la comunidad negra local. Son los años 30, época en donde el Ku Klux Klan despreciaba y perseguía a todos aquellos ciudadanos de color.

El bloque inicial de la película narra, sin prisas y estableciendo bases sólidas para el resto de la trama, la llegada de los hermanos a Clarksdale, su lugar de origen. Lo primero que hacen es comprar un aserradero abandonado con el objetivo de instalar un bar. Después, visitando a viejas amistades, músicos callejeros y exparejas sentimentales, forman un equipo para lograr su misión. Esa misma noche (un poco inverosimil que lo hayan hecho tan rápido) inauguran el Club Juke, un espacio donde la bebida y la comida, la convivencia exclusivamente entre afroamericanos y sobre todo la música, les darían a los locales un momento de libertad y esparcimiento.

El lugar está abarrotado; la música apenas perceptible de fondo comienza a hacerse presente cada vez más. La gente baila al ritmo del blues. En un plano secuencia que se siente interminable la cámara se mueve entre los ahí presentes como si ella también estuviera bailando. La cadencia sube de tono, los músicos aceleran el tempo. Ya en este punto, yo, como espectador, estoy totalmente enganchado al momento. De pronto sucede lo impredecible: los espíritus pasados, presentes y futuros se manifiestan. Ya ahora la pista está invadida por personajes de todas las épocas, como si las dimensiones se hubieran traslapado y convivieran en un mismo espacio. El griot, el breakdance, el jookin, el twerking y hasta la danza china (en alusión a los inmigrantes chinos en Estados Unidos) recrean una especie de sesión espiritista, donde los bailarines representan la resiliencia de la cultura negra a través del tiempo. Todos bailando en comunión, sudorosos, sonrientes, libres y sin ataduras, en un estado de éxtasis absoluto. El misticismo y la fascinación son tal, que el lugar, simbólicamente, se prende en llamas, representando ese “fuego comunitario” que surge cuando una cultura se niega a morir, incluso cuando es atacada, apropiada o destruida por fuerzas externas.

Esta secuencia ha sido calificada por críticos y espectadores como una de las mejores elaboradas en la historia del cine, y yo no podría estar más de acuerdo. Y aquí quiero enfatizar en algo. Creemos que ya lo hemos visto todo. Cuando observamos una película ya no esperamos nada nuevo en su estilo y técnica, y mucho menos en su narrativa. Pero, y aquí viene el gran pero personal, yo nunca había experimentado un momento tan intenso y original en una escena de estas características, es decir, en un baile, que dicho sea e paso, estuvo perfectamente coreografiado por Aakomon Jones. Cada segundo que transcurría me sorprendía aún más. No quería que se acabara, pero después de tres minutos y medio de una poderosa revolución mental, terminó. Silencio.

Respiro profundamente, intento entender lo apenas sucedido. Para mí, Sinners, ya me había regalado un instante de gozo, de admiración total a este director. Así que retiro lo que alguna vez declaré: ya todo está dicho. No, no todo está dicho. A veces el grito desesperado de una comunidad lastimada y marginada, nos puede dar obras como esta, en donde se encuentran nuevas maneras de contar una historia, haciendo visible lo invisible, sacudiendo nuestras conciencias hasta hacernos discernir que hemos perdido nuestra capacidad por ser empáticos y que hoy damos por hecho que los abusos en contra de las minorías y los atropellos a los más “débiles” son una parte normal de la humanidad; y no, si queremos corregir el presente debemos no solo conocer, si no entender el pasado, no hay de otra.

Pero volviendo a Pecadores y haciendo referencia al Ku Klux Klan. La última parte de la trama da un giro de 360 grados cuando un grupo de pueblerinos blancos llegan al club intentando entrar “por las buenas”, pero cuando son rechazados comienzan a agredir a los negros, desatando una batalla campal con un toque Tarantinesco, en donde este grupo de atacantes convierten a los humanos en zombies o vampiros mordiéndolos para crear una sola comunidad (una igualdad aparente) y así “borrar” la originalidad de la raza negra y concebir un colectivo controlado. Es decir, Ryan Coogler, utiliza el género de vampiros como una metáfora de la supremacía blanca y la explotación.

A pesar de que Pecadores podría pecar de ser pretensiosa o inclusive “naif” por su arriesgada narrativa y mezcla de géneros, no lo es. Su fórmula funciona, y no solo eso, sorprende, conmueve, cumple sobradamente con el objeto del séptimo arte: dejarnos una marca en nuestra memoria, una cicatriz que por más que queramos borrar, no será posible ya que no solamente se muestra en nuestra piel, si no que ha traspasado todas esas capaz que “nos protegen” y ha logrado instalarse en lo más profundo de nuestro ser.

Siendo simplistas y como si mi opinión importara, entre estas dos obras yo le daría el Oscar a Sinners, y no solo como Mejor Película, si no también a Ryan Coogler como Mejor Director, a Hannah Beachler como Mejor Diseñadora de Producción (perdóname Guillermo del Toro) y sobre todo a Steve Boeddeker por su impecable diseño sonoro.

Mientras el cine siga moviendo conciencias, seguirá existiendo. He dicho.

Espacio Solaris es un espacio de exhibición cinematográfica independiente, alternativo e incluyente ubicado en el corazón de la ciudad de Morelia. También es el hogar del podcast Butaca 39 y de la Muestra de Cortometraje Contemporáneo 5C.

IG. Espaciosolaris FB. Espacio Solaris