Transformando
El descarrilamiento del Tren Interoceánico, igual que la línea 12 del metro de la Ciudad de México, no fue un accidente: fue la consecuencia de lo hecho al vapor, de la falta de supervisión, corrupción, y la reacción oficial —minimizarlo, diluirlo, trivializarlo— confirmó que el problema no está en las vías, sino en el poder.
Cuando desde el entorno cercano a la toma de decisiones se filtró la idea de que “si ya se descarrila…”, el mensaje quedó claro: lo importante no es lo que pasó, sino que no se note.
Los trenes no se descarrilan por fatalidad, se descarrilan por contratos mal hechos, por supervisión inexistente, por obras aceleradas para cumplir promesas políticas y por una lógica que confunde propaganda con planeación, cada tornillo mal puesto y cada prueba no realizada tienen un responsable con nombre, cargo y firma, pero esos nombres rara vez aparecen en los comunicados.
El Tren Interoceánico ha sido vendido como símbolo del “desarrollo con justicia” y como expresión concreta del lema “Primero los Pobres”, sin embargo, cuando el proyecto falla, los pobres vuelven a ocupar su lugar histórico: el de amortiguadores del sistema, son los trabajadores a quienes se culpa, los operadores a quienes se presiona y las comunidades a las que se les pide paciencia, los responsables reales —funcionarios, directivos y contratistas— permanecen intactos.
La narrativa oficial insiste en hablar de “incidentes menores” y “errores humanos”, es una coartada vieja, sirve para cerrar expedientes sin abrir auditorías, para evitar preguntas incómodas sobre licitaciones, sobre empresas favorecidas y sobre decisiones técnicas tomadas desde escritorios políticos, llamar accidente a lo que es consecuencia es una forma elegante de encubrir la irresponsabilidad.
Decir “Primero los Pobres” implica algo más que cortar listones en el sur del país, implica no ponerlos en riesgo para sostener un relato de éxito, implica no sacrificar seguridad para cumplir calendarios electorales, implica, sobre todo, que cuando una obra falla, la rendición de cuentas empiece por arriba y no termine castigando a quien menos poder tiene.
El descarrilamiento del Tren Interoceánico no solo sacó vagones de las vías; sacó a flote la contradicción central del discurso oficial, porque cuando se normaliza el error, se minimiza el riesgo y se protege al responsable, el mensaje es brutalmente claro: los pobres son prioridad solo mientras no cuestionen al poder.
Si de verdad se quiere poner “Primero los Pobres”, hay que empezar por algo elemental: asumir responsabilidades, corregir errores estructurales y dejar de tratar los accidentes como daños colaterales aceptables.
Los trenes pueden volver a las vías, las vidas perdidas no se recuperan y la confianza pública tampoco, la pregunta es si el gobierno piensa volver también al principio que dice defender, porque cuando un tren se descarrila y nadie en la cúspide asume consecuencias, no es solo el tren el que va fuera de control, es el discurso …. y es el poder.
POSDATA:
“… ¿a quién le dejo de servir Adán Augusto?, la presidenta continua en su ruta de recuperar espacios que YSQ tenía y en la chingada, acusaron de recibido….
Es tiempo de los ciudadanos …. ¡¡¡¡ que no queremos más descarrilamientos!!!!
Abelardo Pérez Estrada
Empresario, Analista, Expresidente CANACINTRA