Paisaje artístico inspirado en el nacimiento del volcán Paricutín para el cuento de Saúl Juárez

Saúl Juárez

Los habitantes exhumaron a sus antepasados y se fueron a levantar un nuevo pueblo. Había nacido el Paricutín y sus cenizas se esparcieron en un radio mayor a los doscientos kilómetros, aunque poco se sabe de las criaturas que el volcán arrojó a nuestro mundo.

En la huerta de mi casa cayó uno de esos seres y se escondió en el matorral. Cuando lo descubrí tomé el revólver y sólo así me acerqué a unos metros. Debí enfrentarme al brillo que salía de su mirada. Después me quedé atónito al ver su cuerpo rugoso. Se puso de píe y yo le apuntaba sin ninguna valentía. Su voz me paralizó, lo oí amenazarme exigiendo que me fuera si quería seguir vivo. Fue demasiado y caí desmayado sobre el pasto crecido.

No sé cuantas horas pasaron y cómo fue que desperté en mi cama. Durante varias jornadas veía aquel fulgor parecido a los ojos de un gato montés. Debieron transcurrir meses para que desapareciera. Aún así, yo no iba a la huerta, pero la historia no había concluido.

Una noche alguien golpeó la puerta del corral, al abrir me topé con un joven desconocido. En segundos descubrí algo de aquella mirada. Me hice para atrás algunos pasos y. la verdad, estuve a punto de correr. Me aseguró que ya había llegado el momento de que los habitantes de las entrañas de la tierra poblaran también la superficie del planeta. «Somos miles y hemos aprendido a parecer humanos». Dio media vuelta sin decir más y se alejó con  paso seguro.

Semanas después crucé la frontera y he vivido huyendo desde entonces en muchas ciudades. Los reconozco entre la multitud o en una calle cualquiera. Vivo alejándome cada vez más al norte. Ahora intento en las planicies de hielo.