Morelia, Michoacán/Fotos: Félix Madrigal/ACG.
La noche cae sobre Morelia y, poco a poco, la explanada de la Plaza Morelos comienza a transformarse. No hay escenario ni reflectores, pero sí un movimiento constante: bicicletas que llegan, luces que parpadean, voces que se saludan. Es miércoles, y como ocurre cada semana, el Nocturno vuelve a tomar forma.
Detrás de esta dinámica está Visibilízate Michoacán A.C., una asociación civil integrada por voluntarios que, desde hace años, impulsa el uso de la bicicleta en la ciudad. Cecilia Ortega Ochoa lo explica con naturalidad, casi como quien describe algo que ya forma parte del paisaje urbano. “La idea es que la gente sea consciente de que hay ciclistas. No es meramente deportivo”, comenta.
El proyecto, que este año cumple 15 años, nació desde el voluntariado. No como competencia ni espectáculo, sino como una forma de visibilizar a quienes eligieron la bicicleta como medio de transporte, ejercicio o recreación. “Nosotros ocupamos un espacio también como los autos”, resume Ortega Ochoa.
A las 8:30 de la noche, el punto de reunión comienza a llenarse. Hay ciclistas experimentados, familias, jóvenes, rostros nuevos. Algunos llegan con bicicletas de montaña, otros con modelos urbanos. No existe una exigencia estricta sobre el tipo de unidad, aunque se sugiere el uso de bicicletas con rodada mayor por comodidad en trayectos largos.
Cada miércoles la ruta cambia. No hay un camino fijo. Las decisiones responden al estado de las vialidades, al tráfico, a las obras que constantemente alteran la movilidad en la ciudad. “Si vemos que la gente viene agotada o surge algún imprevisto, modificamos la ruta”, explica Cecilia. La rodada se organiza por niveles —fácil, intermedio y avanzado—, en una dinámica que busca mantener la cohesión del grupo más que imponer velocidad.
Cuando finalmente arrancan, el contingente avanza como una corriente luminosa sobre el asfalto. Luces blancas, rojas, intermitentes. En algunos tramos, la escena se mezcla con otros grupos que también reclaman su espacio nocturno: corredores que entrenan, trotes colectivos, rutinas urbanas que convergen en las mismas calles. En esos momentos, la ciudad parece comprimirse. Bicicletas y corredores comparten cruces y avenidas en una coreografía improvisada donde todos intentan fluir sin romper el ritmo del otro. Es, por instantes, un mar de gente en movimiento.
La logística recae en quienes integran el propio colectivo. Voluntarios con chalecos reflectantes que se distribuyen entre el grupo, cubren cruces, observan el tránsito, alertan sobre obstáculos. No hay una estructura rígida, pero sí una organización que se ha ido afinando con los años. “Siempre pedimos que vayan agrupados”, señala Ortega Ochoa.
Aunque el eje es la movilidad ciclista, Cecilia reconoce que el impacto no es solo físico. La comunidad, dice, también juega un papel relevante. “Hacer ejercicio te cambia el chip. Conoces gente, haces comunidad”, menciona.
No hay discursos grandilocuentes ni consignas encendidas. Solo la repetición constante de una práctica que, miércoles tras miércoles, encuentra su lugar entre luces urbanas, ruedas girando y calles que, por unas horas, se recorren a otro ritmo. Porque mientras la ciudad continúa su rutina nocturna, hay quienes siguen avanzando, en grupo, bajo la misma noche.