Por Asaid Castro/ACG
Morelia, Mich. | Redacción ACG.- Entre el ruido constante del mercado Independencia, y el ir y venir de quienes buscan una copia urgente en la Calle VicenteSanta María, hay un sonido que se repite como un latido metálico: el roce de una llave contra la guía, el filo que dibuja dientes sobre el metal. Es el sonido del oficio de Eugenio Martínez, cerrajero desde los 12 años.
Viste camisa gris, un chaleco guinda y un corte clásico, donde apenas aparecen algunas canas. En el pecho no lleva uniforme oficial ni logotipo bordado, pero sí algo que pesa más: identidad. Las manos, marcadas por el acero y movimientos seguros al copiar una llave, con una maquina automática, que ahora maneja como extensión de su cuerpo.
Heredar el metal
Eugenio tiene 56 años. Empezó a ayudarle a su padre en secundaria. “Yo era el motor”, recuerda. Mientras su papá giraba la llave y marcaba el corte, él daba vuelta a la manivela de aquella copiadora manual. No había botón automático ni pantalla digital: había pulso, oído y paciencia.
«Este oficio no tiene fin», afirma. Y no exagera. Las cerraduras ya no son solo fierro; ahora hablan en código, se abren con huella digital, tarjeta inteligente o botón de encendido. Los carros dejaron la llave tradicional para convertirse en computadora rodante. Él ha tomado cursos, se ha actualizado en lo posible, pero reconoce que programar autos nuevos exige equipos costosos. Por ahora, invierte en otra prioridad: sus hijas, que estudian.
No tuvo hijos varones y tampoco pretende forzar a nadie a continuar su camino. “Si ellas un día me dicen ‘papá, enséñame’, con gusto. Pero no a fuerzas”. En Chiapas, cuenta, tiene sobrinas cerrajeras. El oficio no es exclusivo de hombres; es de quien tenga paciencia y oído fino para entender combinaciones invisibles.
Abrir puertas, cargar historias
En su local, ubicado en Vicente Santa María, frente al Banamex casi esquina con Lázaro Cárdenas, es raro que alguien salga sin respuesta. Llaves desde 20 pesos hasta 300; algunas con chip, clonadas hasta en 500. Fundas, carcasas, pilas para controles. Diversificarse no fue estrategia moderna, fue necesidad heredada.
Cuenta que su padre compraba candados usados en el tianguis, les hacían llave “al tanteo” y los revendían, una activad que aunque rara, aún la sabe hacer. Así comenzó todo.
Abrir una puerta no siempre es un acto simple. Eugenio aprendió pronto que no todo servicio es inocente. “Si usted no está junto de mí, yo no la puedo abrir”, le dijo una vez a un hombre que quería esperar lejos mientras él forzaba una chapa. Se negó. Ha rechazado trabajos cuando algo no cuadra. La ética, en su caso, también es herramienta.
Hubo episodios que lo marcaron. Una casa cerrada durante semanas, un cuerpo sin vida detrás de la puerta. Un embargo en el que, al romper el cristal, desde adentro respondieron con disparos. “Uno nunca sabe a dónde va”, dice. Parte del oficio es enfrentarse a lo inesperado, sostener la calma y hacer el trabajo.
Durante la pandemia, hace unos 4 años no dejó de laborar. “Alguien se queda encerrado y cómo le hace”, explica. Para él, su trabajo es indispensable porque la vida cotidiana depende de pequeños mecanismos: una puerta que no abre, un coche que no enciende, una caja fuerte que guarda documentos urgentes.
La tecnología, reconoce, también ha cambiado el riesgo. Antes, los autos se forzaban; ahora, al no poder abrirlos fácil, a veces los arrebatan con violencia. Más seguridad técnica, más exposición humana. Lo dice sin discurso grandilocuente, solo como alguien que ha visto transformarse el metal y las calles.
Eugenio no aparece en películas abriendo cajas fuertes con estetoscopio. Sonríe cuando habla de eso. “No es como en el cine”, aclara. Hay guías, perforaciones estratégicas, métodos que se aprenden en cursos y convenciones, a las que quiere volver, donde se intercambian técnicas y herramientas. El oficio evoluciona, aunque muchos jóvenes no lo miren como opción.
Aun así, cada vez que coloca una llave original en la guía y la copia en paralelo, algo se repite: medir alturas, deslizar el “lápiz” cortador, observar el dibujo que va quedando. Metal contra metal, precisión contra error. Si se va un milímetro, la llave no gira.
Gracias a ese margen mínimo ha sostenido a su familia durante más de cuatro décadas. “Es un oficio bonito”, dice. Porque a veces se llega sin dinero y, de pronto, comienzan a caer servicios; y asegura que mientras haya puertas que se cierren por accidente, autos que olviden la llave dentro o candados sin combinación conocida, Eugenio seguirá ahí, recordando que no solo corta metal: abre pasos, resuelve urgencias y sostiene, con dientes de acero, la vida cotidiana de la ciudad.
