Bajo el cenit de Orión y el grito de Juchari Uinapekua, las cuatro regiones purépechas renovaron el Fuego Nuevo; una ceremonia de resistencia y autonomía que ahora viaja hacia Ichán para 2027.
Angélica Ayala / Colaboradora La Voz de Michoacán
Tingambato, Michoacán. En la plaza principal de Tingambato se realizó la ceremonia ancestral del encendido del K’urhíkuaeri Kuinchekua, el Fuego y Año Nuevo P'urhépecha, que enmarca el inicio del ciclo agrícola; justo cuando orión se encuentra en cenit, los tatas cargueros del fuego son los responsables de prender con el ocote la gran fogata que se forma arriba de la pirámide que previamente construyeron en el centro del lugar. El ambiente festivo se vivió durante todo el día, con la presentación de orquestas y danzas regionales, además de la gastronomía purépecha.
La ceremonia está enmarcada en toda una tradición ancestral que los pueblos purépechas en Michoacán, retomaron en 1983 en lo que fue el impero purépecha, Tzintzuntzan, prendieron nuevamente el fuego nuevo, a partir de ahí cada año la festividad se ha venido fortaleciendo con el arropo y convivencia de todos los pueblos originarios de las cuatro regiones: Ciénega de Zacapu, Región Lacustre, Cañada de los 11 Pueblos y Meseta.
El traslado del abuelo fuego, es parte de esta ceremonia, ha sido en Santa Clara del Cobre sede del año pasado que los cargueros caminaron por dos días con Tata Ch´upiri, con una urna de cobre que cargaron durante dos días previos al encendido fuego nuevo. A Tata Ch´upiri, lo apagan con una ceremonia de gran respeto y agradecen todo el año que estuvo encendido en la sede oficial.
La ceremonia Kurhíkuaeri K'uínchekua, “es la más importante del pueblo p’urhépecha consistente en el renacimiento, consolidación y fortalecimiento de su cultura. Es una celebración originaria, autónoma e histórica. Es resistencia, reivindicación y lucha Cultural”, informó, Pavel Guzmán Macario, en un texto publicado, el historiador, señala que el encendido del fuego, mantiene al menos cinco principios centrales: la celebración originaria, autónoma e histórica, sin intromisión de los partidos políticos. Es solemne, sin la participación de religiones occidentales. Es conmemorativa, sin intervención de instituciones gubernamentales. Es organizativa, que defiende al pueblo p'urhepecha y es espiritual, que fortalece la cosmovisión p'urhepecha.
“La celebración Kurhíkuaeri K’uínchekua, es una construcción histórica del pueblo p’urhépecha; movimiento que lucha por la recuperación de las raíces p’urhé en lo político, económico, social, educativo, cultural y espiritual; elemento generador de orgullo e identidad; organización que busca la autonomía cultural indígena; medio para el rescate y fortalecimiento del idioma p’urhépecha; sistema que crítica y autocrítica la religión católica y a los partidos políticos; símbolo de resistencia, y sobre todo, es camino para la construcción de su propio devenir histórico”, señala.
Guzmán Macario, precisó, que el proyecto y preparativos para la celebración del Kurhíkuaeri K’uínchekua, se remontan a los años de 1979-1982, “cuando diez estudiantes del Programa de Formación Profesional Etnolingüística en el Centro de Cooperación Regional para la Educación de Adultos en América Latina y el Caribe (CREFAL), estudiaron los fundamentos históricos, espirituales y simbólicos de la sociedad prehispánica de Michoacán, con el objetivo de generar una investigación que promoviera el sentimiento de unidad entre los p’urhépecha de las distintas regiones y comunidades.
“Entre los estudiantes se encontraban: Dámaso Calderón, Isidro Manzo, María de la Luz Valentines, Valente Soto, Sinforoso Elías, Pedro Márquez Joaquín, Néstor Dimas Huacuz, Benigno Ramírez, Juan Cornelio y Jorge Antonio Joaquín, el Coordinador Académico del programa era el antropólogo y eclesiástico Agustín García Alcaraz, y la Administradora General, la maestra Cecilia Valdovinos Soriano, a su vez, el muralista José Luis Soto González, fungía como asesor permanente”, datos, obtenidos de una entrevista a Cecilia Valdovinos Soriano, en enero del 2016.
La renovación del fuego enmarca el inicio del año agrícola, la ceremonia es mística. Se apagan todas las luces, se prohíbe el uso del celular, cámaras fotográficas o de video, todos vigilan que nadie los utilicen, al sonido de los caracoles y vigilando el cielo, cuando orión está en cenit entonces se acercan los tatas cargueros para prender la gran fogata que colocaron en la punta de la pirámide, entonces el fuego nuevo empieza a arder, las llamas se levantan y la música empieza a sonar, el fuego se empieza a esparcir con trozos de leños o con ocote se van pasando la llama, “juchari uinapekua”, grito que distingue a los pueblos indígenas y que significa “nuestra fuerza”.
El anuncio de la sede para el 2027, se hace después de encender el fuego, y será en la comunidad de Ichán municipio de Chilchota quienes recibirán al Tata Ch´uripi el próximo año y encenderán el fuego nuevo.