Ubicado en el corazón de la ciudad, el Templo del Señor de la Columna sobrevive como un testimonio de la antigua Valladolid y sus barrios.
Morelia Colonial. En una de las calles menos transitadas del Centro Histórico de Morelia, el Templo del Señor de la Columna permanece como un vestigio discreto de la antigua Valladolid y un pequeño punto de reunión para los morelianos.
Conocido particularmente por los antiguos habitantes de esta zona. Ubicado en Bartolomé de las Casas número 16, casi a espaldas de la Facultad de Letras y frente a un pequeño jardín, el inmueble suele pasar inadvertido para buena parte de quienes recorren la ciudad. La circulación constante de automóviles y peatones no siempre se detiene en este punto, donde la escala del espacio y la ausencia de grandes flujos turísticos generan una atmósfera distinta, más contenida, que remite a la vida cotidiana de los antiguos barrios morelianos.
El Templo del Señor de la Columna forma parte de un conjunto de seis capillas de barrio que aún se conservan en la ciudad de Morelia. Su escala, su ubicación y su historia lo sitúan dentro de una red de espacios religiosos que operaban en función de la organización social de la antigua Valladolid. A diferencia de los grandes recintos del centro, estos templos respondían a comunidades específicas y a dinámicas locales más acotadas.
Se trata de una capilla edificada en el siglo XVIII, en un contexto en el que la ciudad aún conservaba una marcada segmentación social. Su arquitectura responde a esa condición: una sola nave, proporciones reducidas y una fachada sobria labrada en cantera rosa, con un acceso de arco de medio punto y una torre que alcanza cerca de 30 metros de altura.
Aunque no posee la monumentalidad de otros templos morelianos, su diseño se integra al conjunto que llevó a la ciudad a obtener el reconocimiento como Patrimonio de la Humanidad en 1991. La textura rugosa de la cantera, el trazo sencillo de sus líneas y la disposición frontal del acceso configuran una imagen que, sin ser dominante o de altas torres, se mantiene en armonía con el resto del paisaje urbano del Centro y destaca, justamente por su arquitectura, entre otros templos o inmuebles históricos.
A diferencia de otras construcciones del primer cuadro, este recinto se encuentra rodeado de un área verde con árboles frondosos que modifican la percepción del espacio a lo largo del año. El pequeño oasis frente al templo funciona como un punto de pausa dentro de la dinámica urbana, con bancas metálicas que son ocupadas por vecinos, estudiantes y personas que transitan por la zona. La sombra constante de sus árboles y la relativa tranquilidad del lugar son idóneas para el descanso, en contraste con otros puntos más concurridos de la ciudad. Aquí la gente camina lento, se detiene, medita y prosigue su camino, un vestigio de la colonial Valladolid, pero también de la vida de los antiguos barrios morelianos.
El valor histórico del inmueble no se limita a su antigüedad o a sus rasgos arquitectónicos. Los registros históricos lo vinculan con la población afrodescendiente y de castas durante el periodo virreinal. Se le identifica como un espacio de culto destinado a personas negras y mulatas, en una época en la que la vida religiosa también estaba atravesada por jerarquías sociales bien definidas.
La antigua Valladolid estaba organizada en función de criterios raciales y económicos, lo que determinaba el acceso a espacios de culto y la distribución urbana. Su permanencia hasta la actualidad conserva esa memoria, inscrita en un inmueble de dimensiones reducidas, pero de alta carga simbólica.
Templo, ‘contenido’
Al interior, el templo mantiene una escala acorde con su función original. Su capacidad no supera las 100 personas, lo que genera un ambiente cerrado en el que la actividad litúrgica adquiere un carácter cercano. Las bancas, dispuestas en un espacio compacto, suelen ocuparse en su totalidad durante las celebraciones, lo que intensifica la percepción de comunidad entre los asistentes. La iluminación natural es limitada, lo que acentúa el contraste entre el exterior luminoso y el interior más recogido, propio de este tipo de capillas de barrio.
El altar principal está dedicado a la imagen de Cristo atado a la columna, una representación vinculada al pasaje evangélico de la flagelación en el pretorio de Jerusalén, bajo la autoridad de Poncio Pilato. Se trata de un motivo recurrente en la iconografía cristiana, que forma parte del ciclo de la Pasión y que ha sido ampliamente representado en el arte religioso.
El inmueble también conserva huellas de usos posteriores que ampliaron su función más allá del culto. Durante buena parte del siglo XX, entre 1943 y 1979, fue sede de la Escuela Apostólica Arquidiocesana San Juan Bosco. De esa etapa permanece la referencia al padre Saturnino, cuya figura es recordada mediante un monumento al interior del recinto, como parte de la memoria del sitio.
En la actualidad, el Templo de la Columna de Cristo opera como sede de la Pastoral de la Salud de la Arquidiócesis.
Su actividad se concentra en un solo día a la semana, con misas los jueves a las 17:00 horas, lo que no impide la consolidación de una colectividad que acude de manera regular. Además de las celebraciones religiosas, se desarrollan actividades como el catecismo y encuentros comunitarios.
Víctima de incendio
Entre los acontecimientos recientes, destaca uno en particular. El lunes 5 de agosto de 2024, las cámaras de seguridad del Centro Histórico de Morelia captaron a un sujeto aproximándose a la entrada principal del Templo del Señor de la Columna. En el video se observa al individuo rociando un líquido inflamable sobre la puerta de madera, para posteriormente prenderle fuego y huir del lugar de manera inmediata. A pesar de la naturaleza del incidente, el rector del templo, Julio César Fajardo Aguilar, argumentó que no se trató de un crimen de odio contra la fe católica, sino que parece haber sido un acto derivado de una situación personal adversa del atacante, quien fue identificado días después por la Policía de Morelia.
Los daños materiales fueron reportados como menores y no impidieron la continuidad de las actividades religiosas. Especialistas del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) acudieron al recinto para evaluar la magnitud de la afectación y determinar el proceso de restauración. Como medida preventiva, las autoridades municipales reforzaron la seguridad en la zona y exhortaron a otros centros religiosos a instalar sistemas de vigilancia para evitar actos de vandalismo similares.
Arved Alcántara / La Voz de Michoacán