Y, bueno, la paciencia indígena se agotó en Sevina, tras la cobarde muerte de sus policías comunales. El gobierno michoacano arrastra los pies y su lenta respuesta encendió de nuevo esa parte del territorio purépecha.
La parálisis oficial, parcial o no, obligó a los comuneros a manifestarse en Casa Michoacán, en la capital del estado, con el reclamo atorado en el pecho; ahí, lograron violentar, por tercera ocasión, el segundo filtro, cierto, momentáneamente.
Sin embargo, ese quiebre de seguridad institucional no es casualidad ni un hecho aislado en la historia reciente; ante la debilidad del blindaje, organizaciones radicales ya le tomaron medida a los portones a dicha Casa del libramiento sur.
Solo de esa manera obligaron a los entes gubernamental a dar la respuesta de siempre: instalación de una mesa de diálogo, una vieja práctica del bombero político que busca apagar la salida el fuego que provocó su propio descuido, sin más.
Los discursos oficiales de pacificación chocan de frente contra la cruda realidad que se vive en los pueblos originarios, de esa manera los compromisos de campañas electorales se van diluyendo cuando las armas delincuenciales imponen su ley.
En el fondo de esta crisis subyace el verdadero motor de la movilización: el hartazgo absoluto por la inseguridad. La región purépecha mantiene una constante violencia externa ante la mirada casi inerte de las fuerzas de seguridad, de todo nivel.
Las comunidades, de esa parte michoacana, se han cansado de contabilizar a sus muertos, en tanto los funcionarios se toman imágenes en disfuncionales mesas de seguridad, pero lo han advertido: si no hay protección oficial, mantendrán las armas en mano.
Al cuarto para las doce, el Ejecutivo estatal intenta contener las acciones comunales con promesas que se perciben desgastantes; si, el diálogo es más que necesario, solo que sin operativos perdurables, la tregua en Casa Michoacán será efímera.
Al final del día, el mensaje de los comuneros quedó grabado en el segundo filtro de la sede alterna del Gobierno de Michoacán. El título de esta crisis no miente: la vulnerabilidad del poder quedó expuesta ante el coraje indígena
