Y, comienza el contra reloj del Mundial de Fútbol 2026 y Michoacán escudriña desesperadamente un lugar en la gran fiesta sin tener cancha oficial. El mandatario estatal Alfredo Ramírez Bedolla se juega su baraja a una planeación satélite, tratando de recoger migajas de la parvada turística que se desplaza entre el coloso de Santa Úrsula y BBVA, pasando por el Akron.
A la vez, el secretario de turismo Roberto Monroy García nada a contracorriente diseñando la “Ruta del Aficionado” y compaginando embajadas comerciales cercanas a la convulsa Ciudad de México, con la idea de promocionar la riqueza de nuestros Pueblos Mágicos como el paraíso de paz perfecta, lo cual, para las aficiones internacionales se escucha llamativo el papel de los folletos turísticos.
Sin embargo, el operativo del festival Jalo Futbolero y las pantallas gigantes financiadas con recursos públicos para emitir cincuenta partidos desviste al viejo patrón clientelar. Mientras el gobierno demuestra la activación de la economía para un centenar de artesanos locales, la infraestructura real turística y los nichos productivos de fondo continúan esperando ayudas de planeación.
Si, el contrapesar la política local con los magnates de la competencia, el estado de queda estancado en una media calificación como regular ante las verdades presupuestales de la capital del país. Mientras estados con establecimientos oficiales blindan sus sistemas de videovigilancia y transporte, la administración michoacana cree su dicha a la herencia cultural y gastronomía.
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Sin duda, a pesar que la inseguridad no azota con el impacto de otras épocas y las carreteras muestran mejoría en su movilidad, el duelo logístico sigue presente. Asegurar que una calma en el tránsito sea segura y no un reflejo temporal, será la victoria real del gobernante bedollista en medio de la competencia mundialista.
