Si, el gobernador Alfredo Ramírez Bedolla surca entre las aguar de la medianía política, en donde las encuestas nacionales muestran una dirección que no se sumerge, pero a su vez, no termina por izar velas. Los números de aceptación rondan en la tibieza del promedio que lo postra a mitad de la borda.
Sin duda, para el mandatario, esta postura mediática refleja un descanso de cara al caos del pasado. Empresas como Mitofsky lo colocan justo al núcleo de los gobernadores a nivel federal en sus calificaciones. Los resultados muestran estabilidad, en un activo ostentoso en el intrincado mapa del territorio.
Cierto, el empuje a la infraestructura vial y los proyectos sociales mantienen las bases de su aceptación. Los millonarios planes urbanos se transforman en la principal cara del gobierno estatal. Estos hechos han realizado una contención al desgaste natural que genera el uso del poder.
Sin embargo, el talón de Aquiles de la injerencia bedollista sigue siendo la seguridad pública, pues la percepción de la violencia en varias regiones se presenta como una traba para su evaluación. Es la crítica ciudadana la constante que imposibilita al gobernador subir a la cima de los peldaños.
Por lo pronto, quedar postrado a media borda es un arma de doble filo para el ejecutivo. No hay una tempestad que arriesgue su paz, pero tampoco un liderazgo certero en Michoacán. El desafío será derrumbar esa inercia de que el tiempo vacíe los márgenes.
Y, al final, el bedollismo simula comodidad incrustándose en la cultura del aprobado raspando. Celebrar la medianía como si fuera un triunfo histórico es el verdadero mal de la administración. En Michoacán, conformarse con no estar en el sótano ya se promueve como un logro gubernamental.
