La cantera moreliana hoy no solo se manchó de hollín, sino de una profunda y vergonzosa impunidad ante el caos.
Comuneros de Arantepacua transformaron una parte lateral de la capital en un campo de batalla, en donde el fuego fue la única ley vigente.
Más de media docena de vehículos calcinados y una patrulla violentada son el saldo de una rabia que, año con año, devora el orden.
Ese pedazo de urbe, sitiado por el estruendo de los cohetones, observó cómo la justicia se asfixia entre columna de humo negro.
El punto más álgido de la ignominia ocurrió en el libramiento, en el cual la autoridad fue físicamente humillada, golpeada.
Un elemento de la Guardia Civil terminó en el hospital, despojado de su dignidad, de su equipo y de su unidad vehicular.
Piedras, palos y bombas molotov fueron las herramientas de una turba que avanzó sin encontrar un solo muro de contención.
La no confrontación es el eufemismo oficial para disfrazar una parálisis que huele a una clara ingobernabilidad, focalizada.
¿De qué sirven las órdenes de aprehensión contra el pasado si en el presente la ley es un papel mojado?.
Y, la ciudadanía rehén del pánico y el tráfico desquiciado, observa con enojo cómo el derecho de unos anula el de todos.
Ver policías replegados mientras golpean a sus compañeros es la estampa más cruda de un gobierno que decidió claudicar.
Si, Morelia no merece ser un rehén cíclico de una herida histórica que hoy se cobra con sangre de inocentes y cenizas.
Sin duda, hoy no hubo justicia, sino el vacío de un Estado que nos regala este doloroso guiño de ingobernabilidad manifiesta.
