- No hay descanso para este oficio,es subir diario más de 100 escalones varias veces, sin importar si hace frío, llueve o el viento golpea con fuerza en lo alto de las torres de Catedral.
- «Enrique», quien prefirió cambiar su nombre para el anonimato, forma parte de la Archicofradía de Matraqueros y Campaneros de la Catedral de Morelia y desde ahí, entre bronce y madera, se encarga de algo que pocas manos siguen haciendo: tocar las campanas.
Agencia ACG
Morelia, Mich..- Son 15 minutos antes de las 7 en el atrio de Catedral, hay que estar arriba para sonar la campana a tiempo. La torre oriente se siente fría, el acceso es estrecho y oscuro, como si cada paso obligara a dejar atrás el ruido de la ciudad.
Luego, aparece la escalera de caracol, más de 120 escalones que se suben sin pausa hasta que el espacio se abre y deja ver las campanas alineadas en los muros de cantera.
Arriba, el aire pega directo y la vista alcanza casi cada rincón de Morelia.
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Enrique, se mueve con naturalidad. Reconoce cada campana por su sonido, sabe cuál corresponde a cada llamado y en qué momento debe sonar.
Explica que hay primeras, segundas y terceras llamadas a misa, además de toques específicos para el ángelus o las solemnidades. Todas las campanas tienen nombre, fecha y el registro de la casa fundidora grabado en el metal.
«No hay como una preparación tal cual para este oficio… es como un albañil que quizá no estudió, pero le gusta hacerlo», dice mientras observa la ciudad desde lo alto.
CUANDO DEJAN DE SER FESTIVAS
Durante la Semana Santa, el oficio cambia por completo. Las campanas, que normalmente anuncian celebración, dejan de sonar. Antes de hacerlo, la archicofradía sube en conjunto para realizar uno de los momentos más significativos del calendario: la última llamada.
Es el instante previo a la muerte. Las llamadas resuenan por última vez en el aire de la ciudad. El bronce vibra con fuerza, como si se resistiera a callar.
Después, comienza el ritual. Una a una, las llamadas damas de bronce, como llama la archicofradía, se silencian. No es un apagón abrupto, es un proceso que se vive con solemnidad.
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Enrique, explica que este momento representa la muerte. Las campanas, por su naturaleza festiva, dejan de tener voz y ya no pueden anunciar, ya no pueden celebrar. El silencio se vuelve necesario y es cuando entra la matraca.
El sonido cambia. Deja de ser metálico y se vuelve seco, áspero, constante. Es la madera la que toma el lugar del bronce para seguir llamando a los fieles durante jueves, viernes y sábado. La matraca, cuenta, no fue subida: fue construida ahí arriba, en la torre poniente, porque no habría forma de trasladarla armada por las escaleras.
Sobre cómo llegaron las campanas, la cofradía mantiene una versión que se ha transmitido con los años. Se habla de rampas que se extendian desde el punto donde hoy se encuentran la Fuente de las Tarascas, poleas y esfuerzo humano, de hombres empujando y jalando el peso del bronce hasta colocarlo en lo alto. No hay certeza absoluta, pero sí una memoria compartida que forma parte del oficio.
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El sábado de gloria, todo vuelve. Las campanas rompen el silencio al mismo tiempo, no hay excepción. Todas suenan. El eco se expande por la ciudad y marca el regreso de la celebración. Para quienes están arriba, dice Enrique, ese momento no se explica: se siente.
LA DIVERTIDA PENITENCIA
Cada jornada comienza desde abajo. No hay otra forma. La subida es parte del oficio y también parte de la preparación.
Enrique la describe como una penitencia, a forma de broma, un ejercicio en el que cada escalón ayuda a soltar lo que uno trae cargando hasta llegar arriba con la mente puesta solo en cumplir.
Las llamadas a misa se realizan a horas específicas: cinco, seis, siete. No importa si llueve, hace frío o el viento arrecia. La torre no protege del todo. Cuando el clima cambia, se siente con más fuerza ahí arriba. Aun así, el trabajo no se detiene.
Explica que antes este oficio era un servicio voluntario, un apostolado al que cualquiera podía sumarse. Con el tiempo comenzó a pagarse y Morelia fue de los primeros lugares donde se reconoció como un trabajo. Sin embargo, insiste en que no es el dinero lo que lo mantiene ahí.
Antes de subir a la torre, el sonido ya estaba en su vida. Su abuelo era bolero y trabajaba justo abajo de la catedral. De niño, Enrique iba y venía llevando comida o haciendo encargos, y en ese trayecto escuchaba la matraca sin saber qué era. Solo sabía que le gustaba.b
Con el paso del tiempo, el oficio ha comenzado a desaparecer en otros lugares, y desde hace 7 años, Enrique lo mantiene vivo. Dice, que muchas de las campanas se han automatizado y ya no hay manos que las toquen, pero en catedral aún hay «quienes con fe y ganas» desarrollan el oficio.
