Cuando el Super Bowl habló en español, dejó de ser solo fútbol
El medio tiempo se convirtió en un escenario de disputa política, identidad y poder
¿Entretenimiento o mensaje incómodo para Estados Unidos?
El domingo 8 de febrero se celebró la edición LV del Super Bowl 2026, en la que los Seattle Seahawks vencieron a los New England Patriots y obtuvieron el segundo título de su historia. Sin embargo, más allá del resultado deportivo, el evento dejó un mensaje que merece atención: el lenguaje simbólico desplegado durante el espectáculo de medio tiempo.
El show del medio tiempo del Super Bowl se ha consolidado como uno de los escenarios culturales más influyentes del mundo. Por él han pasado figuras como Michael Jackson, Beyoncé, Lady Gaga, Madonna o Maroon 5, y con el paso de los años ha comenzado a abrir espacio —aunque de forma limitada— a artistas latinos, como ocurrió con Shakira acompañada de Jennifer López. No obstante, lo sucedido este año marcó un punto de quiebre: la participación en solitario de Bad Bunny, reciente ganador del Grammy a Mejor Álbum, fue un acto cargado de simbolismo político y cultural.
No se trató únicamente de que fuera el primer artista latino en protagonizar solo el medio tiempo ni de que cantara en español. Lo relevante fue la construcción deliberada de un discurso visual y sonoro. El idioma elegido desafió la hegemonía cultural anglosajona; la “casita” caribeña que acompaña sus conciertos evocó la vida comunitaria de las costas latinoamericanas; y la entrega del gramófono a un niño simbolizó tanto un sueño personal como un legado colectivo: la posibilidad de aspirar a liderar desde los márgenes del sistema.
La presencia de artistas invitados también reforzó el mensaje. Ricky Martin, en una breve pero contundente intervención, evocó —aunque de forma sutil— los procesos de apropiación territorial y pérdida de identidad cultural, como el caso de Hawái. Por su parte, Lady Gaga, conocida opositora de las políticas migratorias de Donald Trump, interpretó Died with a Smile en inglés, pero con un ritmo de salsa, subrayando la hibridez cultural que define a Estados Unidos.
Otro elemento visual que llamó la atención fue la aparición de personas vestidas como plantas. Más allá de lo estético, la imagen remitía a la idea de raíz: la raíz del pueblo son las personas, y en Estados Unidos esa raíz es, en gran medida, inmigrante.
No es menor que el Super Bowl se haya realizado en San Francisco, una ciudad profundamente multicultural. De acuerdo con la Oficina del Censo de Estados Unidos (2024), el 31 % de su población es inmigrante, y de ese porcentaje, cerca del 15 % es de origen latino. El escenario, por tanto, no fue neutral: fue coherente con el mensaje.
Estos símbolos dialogan con temas que han atravesado la opinión pública y el debate político en los últimos años: identidad, poder y racismo. El teórico político Ernesto Laclau señala que toda identidad se construye mediante la exclusión, afirmando que “la constitución de una identidad siempre se basa en la exclusión de algo y el establecimiento de una jerarquía violenta” (Nuevas reflexiones sobre la revolución de nuestro tiempo, 1990). En este sentido, el “nosotros” se define siempre frente a un “otro” percibido como amenaza.
Laclau también advierte cómo ciertas identidades se convierten en marcas: lo “blanco” o lo “masculino” se presenta como lo universal, mientras que lo “negro”, lo “femenino” o lo “migrante” aparecen como lo particular, lo desviado. Estas etiquetas no son inocentes: funcionan como dispositivos de poder.
Así, los mensajes del medio tiempo reflejan una realidad social concreta. En Estados Unidos, ciertos sectores —especialmente aquellos afines al discurso de Donald Trump— continúan construyendo al inmigrante como amenaza: el otro racializado, el ajeno a la “raza legítima”, el cuerpo prescindible. Esta lógica permite justificar políticas de exclusión, control y violencia simbólica.
El papel histórico de los inmigrantes latinos resulta clave para entender esta contradicción. Han sido fundamentales en la construcción económica y territorial del país, especialmente en la agricultura, la construcción y los servicios, pero su aporte ha estado marcado por la explotación, la precarización y la exclusión legal. Más que ciudadanos, han sido tratados como fuerza de trabajo desechable.
Desde el pensamiento de Achille Mbembe, esta situación puede leerse como una forma de necropolítica, entendida como el poder de decidir “quién puede vivir y quién debe morir”. Aunque no siempre se trate de una muerte física, los inmigrantes latinos son empujados a una muerte social: la negación de derechos, la criminalización y la amenaza constante de deportación. La figura del inmigrante “ilegal” opera así como una tecnología de poder que legitima su explotación y su vulnerabilidad permanente.
El medio tiempo del Super Bowl, lejos de ser un simple espectáculo, se convirtió en un espacio de disputa simbólica. Reconocer estos mensajes implica aceptar que la cultura popular no solo entretiene: también revela las tensiones, desigualdades y contradicciones profundas del poder en las sociedades contemporáneas.
María Teresa Jaramillo Ríos, maestra en Derecho con terminal en Ciencias Políticas en la UMSNH y candidata a Doctora en Ciencias Políticas en la UNAM
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